Por: Saúl Franco

El paludismo: seguimos perdiendo la pelea

No da tregua el paludismo en muchos países. Por el contrario, se mantiene e incrementa en algunos, e inclusive escala niveles epidémicos no sólo en África, al sur del Sahara, sino también aquí muy cerca: en Venezuela. Al ser una enfermedad transmitida por vectores conocidos, con medicamentos eficaces contra el parásito que la produce y medidas eficientes para prevenir su transmisión, tenemos que preguntarnos por qué en tantos países, incluida Colombia, seguimos perdiendo esta pelea.

No es un combate nuevo ni barato. 1980 fue declarado “el año de la lucha frontal contra la malaria en las Américas”. Y el paludismo siguió. En el 2015 se invirtieron US$2,9 billones para combatirlo. Y el paludismo ahí. El lema del día mundial contra la malaria en 2016 fue: “Acabemos con el paludismo para siempre”. Y el paludismo no se acabó. La OMS acaba de lanzar su “Estrategia Técnica Global contra la Malaria 2016-2030”, buscando reducir los casos y las muertes por la enfermedad al menos en un 90%. Pero tengo razones para creer que esta meta tampoco se alcanzará.

Y es que el panorama es alarmante. Se estima que en 2015 hubo en el mundo 212 millones de casos de malaria, de los cuales 429.000 murieron. El 90%, tanto de los casos como de las muertes, ocurrió en África. El 70% de los muertos fueron niños menores de cinco años. Toda nuestra América aportó 800.000 casos y 490 muertes. Colombia —con un acumulado de 3’079.462 casos de malaria entre 1990 y 2016— registró en este último año 84.742 casos, y en lo que va del 2017 ya superamos los 45.000. Europa, por su parte, hace rato es territorio libre de malaria. 17 países, entre ellos Paraguay, Argentina y Costa Rica, lograron también liberarse de ella entre 2000 y 2015. Es muy importante advertir el enorme subregistro de los casos y muertes por malaria, estimado por encima del 30%.

Para que se dé el paludismo se requiere la convergencia de una serie de condiciones ambientales, como la altura, la temperatura y la situación de aguas residuales; la presencia de los mosquitos transmisores y de los parásitos que lo producen, y ciertas condiciones socio-económicas relacionadas con vivienda, trabajo, movilidad, educación, y contar o no con servicios adecuados de prevención, diagnóstico y tratamiento. El mismo conjunto de condiciones perfila las estrategias necesarias para prevenirlo, tratarlo y erradicarlo.  Pero no siempre hay la decisión política, la disponibilidad tecnológica y la asignación de los recursos necesarios para enfrentarlo. Sin creer que una vacuna sea la solución para la malaria, su carencia es un buen ejemplo de lo dicho.

Ya van casi 90 años de investigaciones inmunológicas tratando de lograr una vacuna contra la malaria. Y todavía no la tenemos. En contraste, el reconocimiento de la relación entre el Virus del Papiloma Humano (VPH) y el cáncer de cuello uterino es muy reciente y ya existen varias vacunas utilizadas masivamente en varios países. Sin desconocer las complejidades inmunológicas específicas de la malaria y de los parásitos que la producen, y las diferencias entre una y otra enfermedad, uno puede hacerse la siguiente pregunta: ¿por qué en tan poco tiempo se lograron vacunas para una enfermedad que afecta cada año a medio millón de mujeres y mata a unas 260.000 en todo el mundo y en tanto tiempo no se ha logrado una vacuna eficaz para otra enfermedad indiscutiblemente infecciosa que produce 212 millones de casos y mata casi medio millón de personas por año?

La respuesta hay que buscarla en los intereses económicos dominantes que establecen las prioridades reales de la investigación científica, y en el tipo de poblaciones y países afectados por cada enfermedad. Y en la respuesta a la pregunta más general de por qué unos países han derrotado la malaria y otros no, hay que agregar la capacidad de aceptar e intervenir los determinantes básicos del problema, el tipo de sistemas de salud y la disponibilidad de recursos de los países endémicos, y si existe o no la decisión política de ganar una pelea que sigue costando demasiada enfermedad y muchos muertos.   

Médico social.